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domingo, 14 de diciembre de 2008

Alejandro Magno: El Hijo de Zeus

Por Xentor Xentinel


Hacia el año 357 AEC, un Faraón egipcio al que los griegos llamaban Nectanebo, visitó la corte de Filipo II, Rey de Macedonia. Se trataba de un consumado mago, un adivinador, quien sedujo en secreto a Olimpia, Princesa de Epiro y esposa de Filipo.

Aunque en ese momento, ella lo ignoraba, el mago era en realidad el dios que los egipcios llamaban Amón-Ra, los griegos Zeus, quien había ido hasta ella disfrazado de Nectanebo. Y así fue que su hijo Alejandro resultó ser el hijo de un dios, el mismo dios cuyo templo había profanado el persa Cambises.

La corta vida de Alejandro el Macedonio —más conocido como Alejandro Magno—, estuvo llena de conquistas, aventuras y exploraciones: el ardiente deseo de alcanzar los Confines de la Tierra, y de desvelar los misterios divinos.

No fue una búsqueda sin un objetivo claro. Tuvo como tutor al filósofo Aristóteles, que lo instruyó en la sabiduría de la antigüedad. Después, presenció las peleas y el divorcio de sus padres, que llevó a la huida de su madre, junto con el joven Alejandro.

Más tarde, vino la reconciliación y el asesinato de Filipo. Esto último llevó a la coronación de Alejandro en el 336 AEC, cuando éste contaba con sólo 20 años de edad. Sus primeras expediciones militares le llevaron al Oráculo de Delfos, donde oyó la primera de varias profecías que le pronosticaban la fama, pero una vida muy corta.

A Alejandro le preocupaban los rumores de que, en realidad, no era hijo de Filipo, sino el fruto de una unión ilícita entre su madre y Amón-Ra. Y las tensas relaciones entre Filipo y Olimpia sólo sirvieron para confirmar las sospechas.


EGIPTO

A principios del 331 AEC, tras unas exitosas campañas militares contra los persas, Alejandro se encaminó a Egipto, donde esperaba una fuerte resistencia por parte de los virreyes persas que gobernaban el país. Pero se sorprendió al ser recibido como un libertador.

Sin perder tiempo, Alejandro fue hasta el Gran Oasis de Siwa, sede del Gran Templo y Oráculo de Amón-Ra, en el noreste de Egipto. Se creía que los primeros Faraones egipcios eran hijos de Amón, y Alejandro, el nuevo dirigente de Egipto, quería que el dios le reconociera como su hijo.

Allí, el mismo dios le confirmó a Alejandro su verdadero parentesco y, así reafirmado, los Sacerdotes Egipcios lo deificaron como Faraón. De ese modo, su deseo de escapar a su destino mortal se convertía no en un privilegio, sino en un derecho.

(A partir de entonces, se representó a Alejandro en las monedas como a un Zeus-Amón con dos cuernos).

Más tarde, Alejandro fue hacia el sur, hacia Karnak, centro del culto de Amón-Ra. Y en el viaje hubo algo más de lo que parece. Centro religioso venerado desde hacía 1.800 años, Karnak era un conglomerado de templos, santuarios y monumentos a Amón construido por generaciones de Faraones.

Una de las construcciones más impresionantes y colosales era el templo que construyera la Reina Hatshepsut más de mil años antes de la época de Alejandro. ¡Ella también había sido hija del dios Amón, concebida por una Reina a la que el dios había visitado disfrazado!


LOS RELATOS

Los relatos sobre las aventuras de Alejandro Magno en busca de la inmortalidad, se encuentran en versiones paralelas en muchos idiomas —incluidos el Latín, el Hebreo, el Árabe, el Persa, el Siríaco, el Armenio y el Etíope—, así como al menos tres versiones en Griego.

Las diferentes versiones, algunas de las cuales remontan sus orígenes a la Alejandría del Siglo 2 AEC, difieren aquí y allí. Pero, en general, sus abrumadoras similitudes indican un origen común (quizás los escritos originales del historiador griego Calístenes de Olinto, nombrado por Alejandro para que hiciera un registro de sus hazañas; o, como se ha dicho en algunas ocasiones, copias de las cartas de Alejandro a su madre Olimpia y a su maestro Aristóteles).


CANDANCE

Según estos textos, en vez de llevar a sus ejércitos de vuelta hacia el este, hacia el corazón del Imperio Persa, Alejandro eligió una pequeña escolta y a unos cuantos compañeros y organizó una expedición que se adentró aún más al sur. A sus desconcertados compañeros se les hizo creer que era un viaje de placeres sexuales.

Se trataba de Candance, Reina de un país al sur de Egipto (el Sudán de hoy). Al revés que en el relato de Salomón y la Reina de Saba, en este caso fue el Rey el que se trasladó hasta el país de la Reina, pues, sin saberlo sus compañeros, lo que Alejandro estaba buscando en realidad no era el amor, sino el secreto de la inmortalidad.

Después de una placentera estancia, la Reina accedió a revelarle a Alejandro, como regalo de despedida, el secreto de «la maravillosa cueva donde se congregan los dioses».


SENUSERT

Siguiendo las indicaciones de Candance, Alejandro llegó al lugar sagrado:

«Entró con unos cuántos soldados, y vio una neblina como iluminada por las estrellas. Y los techos brillaban, como si estuvieran iluminados por las estrellas. Las formas externas de los Dioses eran físicamente manifiestas. Una multitud les servía en silencio».

La visión de las «figuras reclinadas», cuyos ojos emitían rayos de luz, hizo que Alejandro se detuviera por un instante. ¿También eran dioses, o mortales deificados? Entonces, se sobresaltó al escuchar a una de las «figuras» hablando en voz alta:

—Bienvenido, Alejandro. ¿Sabes quien soy?

Y Alejandro contestó:

—No, mi Señor.

La figura dijo:

—Soy Sesonchusis, el Rey que conquistó el mundo y que se ha unido a la fila de los Dioses.

(Este Sesonchusis, no sería otro que el Faraón Senusert, también conocido como Sesostris I, quien reinó en el Siglo 20 AEC).

Alejandro no se sorprendió en lo absoluto, como si se hubiera encontrado con la persona que iba buscando. Al parecer, su llegada era esperada, por lo que Alejandro fue invitado a entrar por «el Creador y Regente de todo el Universo».

«Entró y vio una neblina con el resplandor del fuego. Y, sentado en un trono, el dios al que en cierta ocasión había visto adorar por los hombres en Rokotide, el Señor Serapis» (En la versión griega era el dios Dionisio).

Alejandro vio entonces la ocasión para sacar el tema de su longevidad:

—Señor Dios —dijo—. ¿Cuántos años viviré?

Pero no hubo respuesta del dios. Después, Senusert, cuyo nombre egipcio significaba «El de Orígenes Vivos», intentó consolar a Alejandro, pues el silencio del dios hablaba por sí mismo:

—Aunque yo mismo me he unido a las filas de los Dioses —dijo Senusert— no fui tan afortunado como tú... Pues aunque conquisté el mundo y sojuzgué a tantos pueblos, nadie recuerda mi nombre. Pero tú tendrás un gran renombre... Tendrás un nombre inmortal aún después de muerto. Vivirás después de morir, y así, no morirás.

Desilusionado, Alejandro dejó las cuevas y «prosiguió el viaje que tenía que hacer»: buscando el consejo de otros sabios, buscando un escape a su destino mortal, para emular a otros que, antes que él habían conseguido unirse a los Dioses Inmortales.


EL MAR ROJO

Alejandro intentó dejar Egipto del mismo modo que lo hizo Moisés, dividiendo las aguas del Mar Rojo y haciendo que sus seguidores cruzaran el mar a pie.

Al llegar al Mar, Alejandro decidió dividirlo, construyendo en su mitad un muro de plomo fundido, y sus constructores «siguieron derramando plomo y materiales fundidos en el agua hasta que la estructura llegó a la superficie. Después, construyó sobre ella una torre y un pilar, sobre el que esculpió su propia figura, con dos cuernos en la cabeza».

Y la inscripción decía:

«A quienquiera que venga a este lugar y navegue por el mar, háganle saber que yo lo cerré».

Después de dividir las aguas, Alejandro y sus hombres se pusieron a cruzar el mar. Sin embargo, como precaución, enviaron por delante a algunos prisioneros.

Pero cuando llegaron a la torre, en el centro de las aguas, «las olas del mar saltaron sobre ellos [los prisioneros] y el mar se los tragó, pereciendo todos. [...] Cuando El de los Dos Cuernos vio esto, tuvo miedo del mar con un temor poderoso», y desistió en su pretensión de emular a Moisés.


ENOC

Sin embargo, anhelando descubrir la «oscuridad» al otro lado del mar, Alejandro dio varios rodeos, durante los cuales se supone que visitó las fuentes del Río Éufrates y del Río Tigris, estudiando allí «los secretos de los cielos, las estrellas y los planetas».

Dejando atrás a sus tropas, Alejandro volvió a la Tierra de la Oscuridad, llegando a una montaña llamada Mushas, en el borde del desierto. Después de varios días de marcha, vio «un sendero recto que no tenía pared, que no tenía altura ni tampoco un lugar bajo». Dejó a los pocos compañeros de confianza que le acompañaban y prosiguió solo.

Después de viajar durante 12 días y 12 noches, «percibió el resplandor de un Ángel». Pero cuando se acercó, el Ángel era un «fuego llameante». Alejandro se dio cuenta de que había llegado a la cima de «la montaña que rodea el mundo», «donde está situado el Paraíso, la Tierra de los Vivos», «el sitio donde moran los santos».

Allí había un Tabernáculo reluciente desde la cual se extendía en dirección al cielo una inmensa escalera, hecha con 2.500 losas de oro. Dentro, Alejandro vio «figuras de oro, todas de pie en su nicho», un altar de oro y dos gigantescos «candelabros» de 18 mts de altura.

«Sobre un diván cercano, se veía reclinada la figura de un hombre que estaba tapado con un cobertor incrustado de oro y piedras preciosas, y, por encima, trabajados en oro, tenía sarmientos de vid cuyos racimos de uva estaban compuestos con joyas».

El hombre no estaba menos desconcertado que Alejandro:

—¿Quién eres tú y por qué estás aquí, oh mortal? —le preguntó el hombre.

—El mismo Dios me ha guiado y me ha dado fortaleza para llegar a este lugar, que es el Paraíso —respondió Alejandro.

El hombre se identificó como Enoc, el Patriarca Antediluviano que fue bisabuelo de Noé (en otra versión, Alejandro tras ser arrastrado a lo alto por una fuerza sobrenatural, habla, no con uno, sino con dos Patriarcas: Enoc y Elías, antes de ser devuelto por un «Carro de Fuego»), y luego instó a Alejandro a que volviera con sus amigos.

Pero Alejandro insistió en buscar respuestas a los misterios del Cielo y la Tierra, de Dios y los Hombres.

—No curiosees en los misterios de Dios —le advirtió Enoc.

Alejandro dijo que se iría, pero sólo con la condición de que le concediera algo que ningún hombre hubiera obtenido antes.

Accediendo a su deseo, Enoc le dijo:

—Te diré algo por lo cual puedes vivir y no morir.

El de los Dos Cuernos, dijo:

—Dilo.

Y Enoc le contestó:

—En la tierra de Arabia, Dios ha establecido la Negrura de la Sólida Oscuridad, en la cual hay oculto un tesoro de su conocimiento. También allí está la fuente de agua a la que llaman «El Agua de Vida». Y quienquiera que beba de ella, aunque solo sea un trago, nunca morirá.

El Ángel le atribuyó otros poderes mágicos a esta agua de Vida, tal como «el poder de volar por los cielos, igual que vuelan los Ángeles». Sin más necesidad de acicates, Alejandro preguntó con ansiedad:

—¿En qué parte de la Tierra está situada esta Fuente de Agua?

—Pregunta a aquellos hombres que son herederos del conocimiento de estas cosas —fue la enigmática contestación de Enoc. Luego, éste le dio a Alejandro un racimo de uvas para que alimentara a sus tropas.

De vuelta con sus compañeros, Alejandro les contó su aventura y le dio a cada uno una uva. Pero «a medida que las arrancaba del racimo, otras crecían en su lugar». Y así, con un racimo, dio de comer a todos sus soldados y a los animales.


MATUN

Más tarde, Alejandro se puso a hacer preguntas a todos los eruditos que pudo encontrar. Preguntaba a los sabios:

—¿Has leído alguna vez en tus libros que Dios tuviera un lugar en el que el conocimiento está oculto, y donde se encuentra una Fuente a la que llaman «Fuente de la Vida»?

Las versiones griegas le hacen ir a los Confines de la Tierra en busca del sabio indicado. Las versiones etíopes sugieren que el sabio estaba allí mismo, entre sus tropas. Su nombre era Matun, y conocía los escritos antiguos.

—El lugar —dijo—, se halla cerca del Sol cuando sale por el lado derecho.

Poco mejor informado con tales acertijos, Alejandro se puso en manos de su guía, y juntos entraron en el Lugar de Oscuridad. Tras un prolongado viaje, Alejandro se sintió cansado y le dijo a Matun que se adelantara y buscara el sendero correcto.

Para ayudarle a ver en la oscuridad, Alejandro le dio una piedra que había llevado Adán del Paraíso cuando lo abandonó, y que le había sido entregada a Alejandro por un antiguo Rey que estaba viviendo entre los Dioses. La piedra era más pesada que cualquier otra sustancia en la Tierra.

Matun, aunque intentando no desviarse del sendero, acabó perdiéndose. Entonces, sacó la Piedra Mágica y, al ponerla en el suelo, empezó a emitir luz. Gracias a la luz, Matun vio un manantial. No se había dado cuenta aún que había ido a parar a la Fuente de la Vida.

Como estaba sumamente hambriento, sacó un pez seco que llevaba, para lavarlo en el agua y prepararlo para cocinar. Pero, tan pronto como el pez tocó el agua, se alejó nadando.

Cuando Matun vio esto, se quitó la ropa y se metió en el agua detrás del pez, y se encontró con que estaba vivo en el agua. Al darse cuenta que de que aquel era el «Manantial del Agua de Vida», Matun se lavó en las aguas y bebió de ellas.

Cuando salió del Manantial, ya no tenía hambre ni preocupación alguna, pues se había convertido en El-Khidr («El Imperecedero»), el que sería Joven Para Siempre.

Al volver al campamento, no dijo nada de su descubrimiento a Alejandro. Después, Alejandro mismo reanudó su exploración, buscando a tientas el camino correcto en la oscuridad. De pronto vio la piedra que Matun se había dejado, «brillando en la oscuridad. Entonces tenía dos ojos, que lanzaban rayos de luz».

Al darse cuenta de que había encontrado el sendero correcto, Alejandro se apresuró por él, llegando a un lugar «incrustado de zafiros, esmeraldas y jacintos» que brillaba, a pesar de que allí no se veía ni Sol, ni Luna, ni Estrellas.

El camino estaba bloqueado por dos pájaros con rasgos de hombre.

—¡Retrocede! —le ordenó uno de ellos a Alejandro—, pues la tierra que pisas pertenece sólo a Dios. ¡Retrocede, oh desdichado, pues en la Tierra de los Bienaventurados no puedes poner el pie!

La voz le reconvino por sus desmesuradas ambiciones y le profetizaba que, en vez de conseguir una Vida Eterna, no tardaría en morir.

Aterrorizado, Alejandro volvió con sus compañeros y sus tropas, renunciando a la búsqueda. Pero antes de abandonar el lugar, se llevaron como recuerdo tierra y piedras.


ANDREAS

En la versión griega del Pseudo-Calístenes, era Andreas, el cocinero de Alejandro, el que llevaba el pez seco para lavarlo en una fuente «cuyas aguas centelleaban con relámpagos». Cuando el pez tocó el agua, recobró la vida y se le escurrió de las manos al cocinero.

Éste, al darse cuenta de lo que había encontrado, bebió de las aguas y cogió un poco en un cuenco de plata, pero no le habló a nadie de su descubrimiento.

Después de varios días de marcha, salieron de la Tierra de la Noche Eterna y, cuando alcanzaron la luz, vieron que la «tierra y las piedras» que habían recogido, eran en realidad perlas, piedras preciosas y pepitas de oro.

Fue entonces cuando el cocinero le contó a Alejandro lo del pez que había recobrado la vida, pero siguió manteniendo como secreto el hecho de que él también había bebido de aquellas aguas y que había conservado un poco para sí.

Alejandro se puso furioso y lo golpeó, desterrándolo después del campamento. Pero el cocinero no quería irse sólo, pues se había enamorado de una hija de Alejandro. Así que le reveló su secreto a ella y le dio a beber de las aguas.

Cuando Alejandro se enteró, también la desterró:

—Te has convertido en un ser divino al hacerte inmortal, por tanto no puedes vivir entre los hombres. Ve a vivir en la Tierra de los Bienaventurados.

Y en cuanto al cocinero, lo arrojó al mar, con una piedra atada al cuello. Pero, en vez de ahogarse, el cocinero se convirtió en el Demonio Marino Andrentic.

Pese a todo, Alejandro no pudo escapar a su destino, muriendo a los 33 años de edad, en Babilonia...


FUENTES:
  • «Escalera al Cielo» (Zecharia Sitchin).
  • Wikipedia.
  • sábado, 6 de diciembre de 2008

    Guerras de Hombres y Dioses

    Por Xentor Xentinel


    SARGÓN (SIGLO 24 AEC)

    Por el año 2371 AEC, en la lejana Mesopotamia, un joven ambicioso tomó el poder. Se le llamó Sharru-Kin, el «Gobernante Justo», pero nuestros libros de texto le llaman Sargón I. Construyó una nueva capital, a la que llamó Agadé, y estableció el reino de Acad.

    La lengua acadia, escrita en forma de cuña (cuneiforme), fue la lengua madre de todas las lenguas semitas, de las cuales todavía están en uso el hebreo y el árabe.

    Sargón, que gobernó durante la mayor parte del Siglo 24 AEC, atribuyó su largo reinado (54 años) al estatus especial que le concedieran los Grandes Dioses, que le hicieron «Supervisor de Ishtar, Sacerdote Ungido de Anu, Gran Pastor Justo de Enlil».

    Según escribió Sargón, fue Enlil el que le dio la región que va desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico. Por tanto, Sargón llevaba hasta «las puertas de la Casa de Enlil» a los Reyes cautivos, atados con cuerdas a los collares de perro que les ponían alrededor del cuello.

    En una de sus campañas por los Montes Zagros, Sargón vivenció las mismas hazañas divinas que los combatientes de Troya presenciarían mil años después. Cuando «estaba entrando en el país de Warahshi... intentando proseguir su avance en la oscuridad... Ishtar hizo que la luz brillara sobre él». Así pudo Sargón «atravesar las tinieblas» de la oscuridad mientras dirigía a sus tropas a través de los pasos montañosos del actual Luristán.


    NARAM-SIN (SIGLO 23 AEC)

    La dinastía acadia que comenzara Sargón alcanzó su culminación bajo su nieto Naram-Sin («Aquel al que ama el dios Sin»), quien ascendió al trono el 2291 AEC. Las conquistas de Naram-Sin se debieron a que su dios le había concedido un arma única, el «Arma del Dios», y también a que los otros Dioses le habían dado su consentimiento explícito —o incluso le habían invitado— a entrar en sus regiones.

    La principal incursión de Naram-Sin fue en dirección noroeste, y entre sus conquistas estuvo la de la Ciudad-Estado de Ebla, cuyo archivo de 20.000 Tablillas de Arcilla, ha provocado un enorme interés científico:

    «Aunque desde los tiempos de la separación de la humanidad ningún Rey había llegado a destruir Arman e Ibla, el dios Nergal abrió el sendero para el poderoso Naram-Sin, y le dio Arman e Ibla. También le dio como regalo desde Amanus, la Montaña de los Cedros, hasta el Mar Superior», es decir, el Mediterráneo.

    Del mismo modo que Naram-Sin podía atribuir sus victoriosas campañas al hecho de haber tenido en cuenta las órdenes de sus Dioses, su caída se atribuyó también al hecho de haber ido a guerrear contra el mundo de los Dioses.

    Los expertos han recompuesto, con fragmentos de diferentes versiones, un texto que ha recibido el título de La Leyenda de Naram-Sin.

    Hablando en primera persona, Naram-Sin explica en este relato de aflicciones que sus problemas comenzaron cuando la diosa Ishtar «cambió sus planes» y los Dioses les dieron su bendición a los «siete Reyes, hermanos, gloriosos y nobles. Sus tropas ascendían a 360.000».

    Llegando de lo que ahora es Irán, invadieron las tierras montañosas de Gutium y Elam al este de Mesopotamia, y llegaron a amenazar a la misma Acad. Naram-Sin les preguntó a los Dioses qué debía hacer, y le dijeron que dejara a un lado las armas y que, en vez de ir a combatir, se fuera a dormir con su mujer (pero, por algún motivo profundo, que evitara hacer el amor).

    Pero Naram-Sin, diciendo que iba a confiar en sus propias armas, decidió atacar al enemigo a despecho del Consejo de los Dioses.

    «Con la llegada del primer año, envié a 120.000 hombres, pero ninguno volvió vivo», confesó Naram-Sin en su inscripción. Gran cantidad de tropas fueron aniquiladas durante el segundo y el tercer años, y Acad comenzó a sucumbir ante la muerte y el hambre.

    En el cuarto aniversario de aquella guerra no autorizada, Naram-Sin apeló al gran Enki para que desautorizara a Ishtar y expusiera su caso ante el resto de los Dioses. Éstos le aconsejaron que desistiera en su lucha, y le prometieron que «en los días por venir, Enlil traerá la perdición sobre los Hijos del Mal», y Acad tendrá un respiro.


    LA CATÁSTROFE (SIGLO 21 AEC)

    La prometida era de paz duró alrededor de 3 Siglos, durante los cuales Sumer, la parte más antigua de Mesopotamia, reemergió como centro de la realeza; y los centros urbanos más antiguos del mundo antiguo —Ur, Nippur, Lagash, Isin, Larsa— florecieron de nuevo.

    Sumer fue, bajo los reyes de Ur, el centro de un imperio que abarcaba la totalidad del Oriente Próximo de la antigüedad. Pero en el año 2025 AEC, el país se convirtió en el campo de batalla de lealtades encontradas y de ejércitos oponentes. Y, entonces, aquella gran civilización —la primera civilización conocida del hombre— sucumbió a una catástrofe de proporciones sin precedentes.

    Fue un acontecimiento fatídico que fue recogido en los relatos bíblicos como la destrucción de Sodoma y Gomorra. Fue un acontecimiento cuyo recuerdo pervivió por mucho tiempo, siendo conmemorado y llorado en numerosos poemas, que dan una descripción gráfica del caos y la desolación que cayeron sobre el centro de aquella antigua civilización.

    Fue, según afirman los textos mesopotámicos, una catástrofe que cayó sobre Sumer como resultado de una decisión del Consejo de los Dioses.

    Llevó casi un siglo repoblar el sur de Mesopotamia, y otro siglo más hasta reponerse por completo de la aniquilación divina. Para entonces, el centro del poder mesopotámico se había desplazado hacia el norte, a Babilonia.

    Allí surgiría un nuevo imperio, que se proclamaría a un ambicioso dios, Marduk, como deidad suprema.


    HAMMURABI (SIGLO 18 AEC)

    Hacia el 1800 AEC, Hammurabi, rey que se hiciera famoso por su código legal, ascendió al trono de Babilonia y empezó a extender sus fronteras. Según sus inscripciones, los Dioses no sólo le decían cuándo debía lanzar sus campañas militares, sino que, además, dirigían literalmente sus ejércitos:

    «Mediante el poder de los Grandes Dioses el Rey, amado del dios Marduk, restableció los cimientos de Sumer y Acad. Por mandato de Anu, y con Enlil al frente de su ejército, con los portentosos poderes que los Grandes Dioses le habían dado, no encontró rival en el ejército de Emutbal y su rey Rim-Sin...».

    Para superar a sus enemigos, el dios Marduk le concedió a Hammurabi una «poderosa arma» llamada el «Gran Poder de Marduk»:

    «Con la Poderosa Arma con la cual Marduk proclamaba sus victorias, el héroe [Hammurabi] venció en la batalla a los ejércitos de Eshnuna, Subartu y Gutium... Con el "Gran Poder de Marduk" venció a los ejércitos de Sutium, Turukku, Kamu... Con el Portentoso Poder que Anu y Enlil le habían dado derrotó a todos sus enemigos hasta el país de Subartu».

    Pero no pasó mucho tiempo antes de que Babilonia tuviera que compartir su poder con un nuevo rival en el norte: Asiria, donde no se proclamó a Marduk como dios supremo, sino al dios barbado Assur («El Que Todo lo Ve»).


    EL REINO HITITA (SIGLOS 18-13 AEC)

    El Reino Hitita floreció hacia el 1750 AEC, e inició su declive 500 años más tarde, cuando los Hititas se vieron acosados por los Aqueos, cuyo ataque sobre el extremo occidental de Asia Menor, fue inmortalizado por Homero en La Ilíada.

    Durante los Siglos anteriores a la Guerra de Troya, los hititas extendieron sus dominios hasta alcanzar proporciones imperiales, sosteniendo que lo habían hecho por mandato de su dios supremo Teshub («El de las tormentas»). Al parecer, se trata del que los sumerios conocieron como Ishkur, hijo menor de Enlil.

    Teshub también era conocido como el «Dios de la Tormenta Cuya Fuerza Causa Muertes», y los Reyes Hititas sostenían que, en ocasiones, el mismo dios echaba una mano en la batalla.

    El Rey Murshilis, por ejemplo, escribió que una vez, «El Poderoso Dios de la Tormenta», «mostró su divino poder y lanzó un rayo» al enemigo, propiciando su derrota. Ayudando también a los Hititas en la batalla estaba la diosa Ishtar, también conocida como la «Dama del Campo de Batalla». Ella misma, desde el cielo, «bajaba para aplastar a los países hostiles».

    La influencia de los hititas se extendió por el sur hasta Canaán, pero no llegaron allí como conquistadores, sino como colonos. Trataron a Canaán como zona neutral, sin establecer ninguna pretensión sobre ella, a diferencia de la actitud mantenida por los egipcios.

    (Porque, una y otra vez, los Faraones, sirvientes de Marduk, intentaron extender sus dominios por el norte hasta Canaán y el Líbano).

    Las inscripciones de los hititas sugieren que éstos iban a la guerra sólo cuando los Dioses daban la orden, que al enemigo se le daba la ocasión de rendirse pacíficamente antes del inicio de las hostilidades, y que, una vez ganada la guerra, los hititas se daban por satisfechos con los tributos y la toma de cautivos: las ciudades no eran saqueadas y la población no era masacrada.


    LA BATALLA DE MEGGIDO (SIGLO 15 AEC)

    Pero el año 1470 AEC, el Faraón Tutmosis III derrotó finalmente a una coalición de reyes cananeos en Megiddo, y tuvo el orgullo de decir en sus inscripciones:

    «Después, su majestad fue al norte, saqueando ciudades y asolando poblaciones».

    Acerca de un Rey vencido, el Faraón escribió:

    «Asolé sus ciudades, incendié sus poblaciones, e hice montículos de ellas. Nunca podrán volver a asentarse allí. Capturé a todas sus gentes. Hice prisioneros. Me llevé sus ingentes ganados, así como sus bienes. Le quité todos los recursos vitales. Segué sus cereales y talé todas sus arboledas y sus hermosos árboles. Lo destruí por completo».

    Y todo esto lo hizo, según escribió el faraón, con la aprobación de Amón-Ra (Marduk), su dios.


    EL DIOS DE ISRAEL (SIGLO 15 AEC)

    El dios Amón, a cuyas órdenes de batalla atribuían los egipcios su crueldad, encontró la horma de su zapato en el Dios de Israel.

    El año 1434 AEC, Jehovah (al parecer, otro nombre para Ishkur), golpeó a Egipto con una serie de aflicciones que no sólo buscaban suavizar el corazón de su soberano, sino que también pretendían ser un «castigo contra todos los Dioses de Egipto».

    La milagrosa liberación de los israelitas del cautiverio de Egipto en dirección a la Tierra Prometida se atribuye en el relato del Éxodo a la intervención directa de Jehovah en aquellos trascendentales acontecimientos:

    «Y viajaron desde Sukot y acamparon en Etham, al borde del desierto. Y Jehovah iba delante de ellos, de día en un pilar de nube para dirigirles el camino, y de noche en un pilar de fuego para darles luz».

    Después sobrevino una batalla naval de la cual el Faraón prefirió no dejar inscripciones. Sabemos de ella por el Libro del Éxodo:

    «Y el corazón del Faraón y de sus sirvientes se tornó duro con respecto al pueblo... Y los egipcios salieron en su persecución, y los sorprendieron acampados junto al mar... Y Jehovah hizo retroceder al mar con un fuerte viento del este toda aquella noche, y secó las aguas. Y las aguas se separaron. Y los Hijos de Israel cruzaron por mitad del mar, sobre tierra seca...».

    Al romper el día, cuando los egipcios se dieron cuenta de lo que había ocurrido, el Faraón dio la orden de que los carros siguieran a los israelitas. Pero:

    «Y sucedió que, en la vigilia matutina, Jehovah contempló el campamento de los egipcios desde el pilar de fuego y nube. Y sembró la confusión en el campamento egipcio y aflojó las ruedas de sus carros, haciendo dificultosa su conducción. Y los egipcios dijeron: "Huyamos de los israelitas, pues Jehovah lucha por ellos contra Egipto"».

    Pero el soberano egipcio, en su persecución a los israelitas, ordenó a sus carros que prosiguieran con el ataque. El resultado fue calamitoso para los egipcios:

    «Y las aguas volvieron, y cubrieron a carros y jinetes y a todo el ejército del Faraón que les seguía. No quedó ni uno de ellos... E Israel contempló el gran poder que Jehovah había mostrado sobre los egipcios».


    LA BATALLA DE KADESH (SIGLO 13 AEC)

    El lenguaje bíblico es casi idéntico al utilizado por un Faraón posterior, Ramsés II, para describir la milagrosa aparición de Amón-Ra junto a él en una batalla decisiva sostenida contra los hititas en el 1286 AEC.

    En la batalla, que tuvo lugar en la Fortaleza de Kadesh, en el Líbano, se enfrentaron cuatro divisiones del faraón Ramsés II contra las fuerzas movilizadas por el Rey Hitita Muwatallis desde todas las partes de su imperio.

    Concluyó con la retirada de los egipcios, cortando en seco la embestida de éstos por el norte hacia Siria y Mesopotamia. También agotó los recursos hititas, debilitándoles y dejándoles al descubierto.

    La victoria de los hititas pudo haber sido más decisiva, pues a punto estuvieron de capturar al mismo Faraón. Sólo se han encontrado partes de inscripciones hititas que tratan de esta batalla. Pero Ramsés, a su regreso a Egipto, vio conveniente describir con detalle su milagroso escape.

    En las inscripciones de las paredes del templo, acompañadas por detalladas ilustraciones, Ramsés cuenta que los ejércitos egipcios llegaron a Kadesh y acamparon al sur, preparándose para la batalla. Pero, sorprendentemente, los enemigos hititas no se lanzaron al combate.

    Entonces, Ramsés ordenó a dos de sus divisiones que avanzaran hacia la Fortaleza. Fue entonces cuando aparecieron de la nada los carros hititas, atacando por detrás a las divisiones que avanzaban, y provocando el caos en los campamentos de las otras dos divisiones.

    Cuando, presas del pánico, las tropas egipcias se pusieron en fuga, Ramsés se dio cuenta de pronto de que «Su Majestad estaba totalmente solo con su guardia personal». Y «cuando el Rey miró detrás de sí, vio que estaba bloqueado por 2.500 carros» de los hititas.

    Abandonado por sus oficiales, aurigas e infantería, Ramsés se volvió a su dios, recordándole que se encontraba en aquel aprieto por haber seguido sus órdenes:

    «Y Su Majestad dijo: "¿Y ahora qué, Padre mío Amón? ¿Acaso un padre va a olvidar a su hijo? ¿Acaso he hecho algo sin ti? Todo lo que hice o dejé de hacer, ¿No fue de acuerdo con tus mandatos?"».

    Al recordar al dios egipcio que el enemigo se debía a otros dioses, Ramsés siguió preguntando:

    «¿Qué son estos asiáticos para ti, Oh Amón? Estos desgraciados que no saben nada de ti, Oh Dios».

    Y mientras Ramsés seguía implorando a su dios Amón para que le salvara, pues los poderes del dios eran mayores que los de «millones de soldados de a pie, de cientos de miles de aurigas», sucedió el milagro: ¡El dios apareció en el campo de batalla!

    «Amón me escuchó cuando le llamé. Extendió su mano sobre mí y me regocijé. Se puso detrás de mí y gritó: "¡Adelante! ¡Adelante! ¡Ramsés, amado de Amón, estoy contigo!"».

    Y, siguiendo el mandato de su dios, Ramsés rompió entre las tropas enemigas. Bajo la influencia del dios, los hititas se debilitaron inexplicablemente: «Bajaban los brazos, eran incapaces de disparar sus flechas, ni de levantar sus lanzas».

    Y se decían unos a otros: «No es un mortal el que está entre nosotros: es un poderoso dios. Sus hazañas no son las hazañas de un hombre. Un dios está entre sus miembros».

    Así, sin oposición, matando enemigos a diestra y siniestra, Ramsés se las compuso para escapar.

    Tras la muerte de Muwatallis, Egipto y el Reino Hitita firmaron un tratado de paz, y el Faraón reinante tomó a una princesa hitita para que fuera la esposa principal.

    Era necesaria la paz, porque tanto los hititas como los egipcios sufrían cada vez más los ataques de los «Pueblos del Mar»: invasores de Creta y de otras islas griegas.

    Éstos se habían afianzado en las costas mediterráneas de Canaán hasta convertirse en los Filisteos bíblicos, pero sus ataques sobre el mismo Egipto fueron rechazados por el Faraón Ramsés III, que conmemoró las escenas de la batalla en las paredes del templo.

    Éste atribuyó sus victorias a su estricta adhesión a «los planes del Todo Señorío, mi augusto y divino padre, el Señor de los Dioses». Era a este dios, Amón-Ra, a quien había que atribuir las victorias: pues era «Amón-Ra el que iba detrás de él, destruyéndolos».


    LA GUERRA DE TROYA (SIGLO 12 AEC)

    Una de las guerras sobre las que más se ha fantaseado, cuando «el amor hizo que se botasen un millar de navíos», fue la Guerra de Troya, entre los Aqueos griegos y los Troyanos. La declararon los griegos para obligar a los troyanos a devolver a la hermosa Helena a su esposo legítimo.

    Durante mucho tiempo se creyó que la Guerra de Troya, e incluso la misma Troya, no eran más que mitología. Pero en la actualidad, sabemos que Troya existió realmente, y que estaba emplazada en lo que hoy es el Monte Hissarlik, en el Oeste de Turquía.

    También se acepta que la Guerra de Troya fue una realidad histórica que tuvo lugar hacia el 1200 AEC. Fue entonces, según las fuentes griegas, cuando hombres y Dioses lucharon hombro con hombro.

    Sin embargo, en un relato épico griego, el Kypria, se daba a entender que esta guerra fue premeditada por el gran dios Zeus (al parecer, Utu-Shamash, hijo de Nannar-Sin y nieto de Enlil):

    «Hubo un tiempo en que miles y miles de hombres sobrecargaban el amplio seno de la Tierra. Y por compasión a ellos, Zeus, en su gran sabiduría, decidió aligerar la carga de la Tierra.

    »De modo que provocó la contienda de Ilion (Troya) a tal fin: para, a través de la muerte, provocar un vacío en la raza de los hombres».

    Homero, el rapsoda griego que hizo el relato de los acontecimientos de esta guerra en La Ilíada, culpaba a los Dioses por su capricho al instigar el conflicto y por haberlo vuelto y revuelto hasta hacerle alcanzar tan grandes proporciones.

    Al actuar de forma directa o indirecta, a veces de modo visible y a veces sin ser vistos, los distintos dioses empujaban a los actores principales de este drama humano a su capricho. Y detrás de todo esto estaba Jove (Júpiter/Zeus):

    «Mientras los otros Dioses y los guerreros en el campo dormían profundamente, Jove estaba bien despierto, pues estaba pensando cómo honrar a Aquiles y destruir a mucha gente en los barcos de los aqueos».

    Aún antes de entablarse la batalla, en el 1194 AEC, el dios Apolo comenzó las hostilidades:

    «Se sentó lejos de los barcos con el rostro tan oscuro como la noche, y su arco de plata llevaba la muerte cada vez que disparaba una flecha en medio de ellos [los aqueos]... Durante 9 días enteros disparó sus flechas entre la gente... Y a lo largo de todo el día estaban ardiendo las piras de los muertos».

    Cuando ambos bandos acordaron posponer las hostilidades en el 1184 AEC, con el fin de que sus líderes pudieran decidir la cuestión en un combate singular mano a mano, los Dioses, disgustados, le dijeron a Minerva:

    «Métete entre las huestes de troyanos y aqueos, e ingéniatelas para que los troyanos sean los primeros en romper su juramento y caigan sobre los aqueos».

    Entusiasmada con su misión, Minerva «cruzó el cielo como un meteoro brillante... con una cola ígnea de luz como estela». Más tarde, para que la terrible guerra no se detuviera por la noche, Minerva convirtió la noche en día iluminando el campo de batalla:

    «Levantó el grueso velo de la oscuridad de sus ojos, y gran cantidad de luz cayó sobre ellos, tanto en el lado donde estaban los barcos como en donde rugía el combate. Y los aqueos pudieron ver a Héctor y a todos sus hombres».

    Mientras crecía la violencia en las batallas, arrojando en ocasiones a un héroe contra otro, los Dioses no perdían de vista a otros guerreros destacados, abalanzándose para sacar de un aprieto a un héroe en apuros, o para tener dispuesto un carro sin auriga.

    Pero cuando los Dioses y las Diosas se encontraban en bandos opuestos y empezaban a hacerse daño unos a otros, Zeus detenía el combate y les ordenaba que se mantuvieran aparte de la lucha de los mortales.

    Aunque la tregua no duraba demasiado, pues muchos de los principales combatientes eran hijos de Dioses o Diosas (con parejas humanas). Marte se enfureció enormemente cuando su hijo Ascálafo resultó muerto al ser atravesado por un aqueo. Y le anunció a los otros Inmortales:

    «No me culpéis, oh Dioses que moráis en el cielo, si voy a los barcos de los aqueos y vengo la muerte de mi hijo, aún cuando al final sea alcanzado por el Rayo de Jove y yazga entre sangre y polvo en medio de los cadáveres».

    Homero escribió:

    «Mientras los Dioses se mantenían a distancia de los guerreros mortales, los aqueos predominaban, pues Aquiles, que durante largo tiempo se había negado a pelear, estaba ahora con ellos».

    Pero a la vista de la creciente ira de los Dioses, y de la ayuda que los aqueos estaban teniendo ahora con el semidiós Aquiles, Jove cambió de opinión:

    «"Por mi parte, permaneceré aquí, sentado en el Monte Olimpo, y observaré tranquilamente. Pero vosotros meteos entre troyanos y aqueos, y que cada uno ayude a su bando según su disposición".

    »Así habló Jove, y dio la orden de combatir. Por lo que los Dioses tomaron sus distintos bandos y fueron a la batalla».


    TIGLAT-PILESAR (SIGLO 12 AEC)

    Mientras Babilonia se metía con los países del sur y del este, los asirios extendieron sus dominios hacia el norte y hacia el oeste, hasta «el país del Líbano, a orillas del Gran Mar». Eran países que estaban en los dominios de los dioses Ninurta y Adad (Ishkur-Jehovah), y los Reyes Asirios tomaban buena cuenta de lanzar sus campañas por mandato explícito de estos Grandes Dioses.

    Así, Tiglat-Pilesar I conmemoró sus guerras, en el Siglo 12, con las siguientes palabras:

    «Tiglat-Pilesar, el rey legítimo, Rey del Mundo, Rey de Asiria, Rey de las Cuatro Regiones de la Tierra: El valeroso héroe, guiado por los mandatos dignos de confianza de Assur y Ninurta, los Grandes Dioses, sus Señores, venciendo así a sus enemigos...

    »Por orden de Mi Señor Assur, conquisté por mi mano desde más allá del bajo río Zab hasta el Mar Superior, que está en el oeste. Tres veces marché contra los países Nairi... Hice que 30 Reyes de los países Nairi se postraran a mis pies. Tomé rehenes de ellos, y recibí como tributo suyo caballos dóciles al yugo...

    »Por mandato de Anu y Adad, los Grandes Dioses, mis Señores, fui a las montañas del Líbano, y corté vigas de cedro para los templos de Anu y Adad».

    Al asumir el título de «Rey del Mundo, Rey de las Cuatro Regiones de la Tierra», los Reyes Asirios desafiaban directamente a Babilonia, pues ésta dominaba la antigua región de Sumer y de Acad.

    Para legitimizar su afirmación, los Reyes Asirios tenían que tomar el control de aquellas antiguas ciudades donde los Grandes Dioses tuvieron sus hogares en los días de antaño. Pero el camino hasta esas ciudades estaba bloqueado por Babilonia.


    SALMANASAR III (SIGLO 9 AEC)

    La hazaña la logró Salmanasar III en el Siglo 9 AEC, que dijo en sus inscripciones:

    «Marché contra Acad para vengar... e infligir la derrota... entré en Kutha, Babilonia y Borsippa.

    »Ofrecí sacrificios a los dioses de las ciudades sagradas de Acad. Continué río abajo hasta Caldea, y recibí tributo de todos los Reyes de Caldea...

    »En aquel tiempo, Assur, el Gran Señor... me dio el cetro, el báculo... todo lo que hacía falta para gobernar al pueblo.

    »Yo sólo actuaba bajo los mandatos dignos de crédito que me daba Assur, el Gran Señor, Mi Señor, que me ama».

    En el relato de sus distintas campañas, Salmanasar afirmaba que alcanzó sus victorias gracias a las armas que le proporcionaban los Dioses:

    «Combatí con la Fuerza Poderosa que Assur, Mi Señor, me había dado. Y con las potentes armas que Nergal, mi guía, me había regalado».

    Se dice que el Arma de Assur tenía un «fulgor aterrador». En una guerra con Adini, el enemigo huyó al ver «el aterrador Fulgor de Assur. Esto les sobrecogió».


    SENAQUERIB (SIGLO 7 AEC)

    Tras varios intentos, Babilonia fue saqueada al fin por el Rey Asirio Senaquerib en el 689 AEC. Pero esto sólo pudo ocurrir porque su propio dios, Marduk, se enfureció con su rey y con su pueblo, decretando que «70 años será la medida de su desolación»: exactamente lo mismo que decretara posteriormente el Dios de Israel para Jerusalén.

    Al someter la totalidad de Mesopotamia, Senaquerib pudo asumir al fin el ansiado título de «Rey de Sumer y Acad».

    En sus inscripciones, Senaquerib relató también sus campañas militares a lo largo de la costa del Mediterráneo, que le llevaron a combatir con los egipcios a las puertas de la Península del Sinaí.

    La lista de ciudades conquistadas parece un capítulo del Antiguo Testamento: Sidón, Tiro, Biblos, Akko, Ashdod, Ascalón, ciudades fortificadas que Senaquerib «aplastó» con la ayuda de «el sobrecogedor Fulgor, el Arma de Assur, Mi Señor».



    Los relieves que ilustran sus campañas (como el que representa el asedio de Lakish) muestran a los atacantes utilizando proyectiles con forma de cohete contra sus enemigos.

    En las ciudades conquistadas, Senaquerib mató a sus delegados y patricios, y colgó sus cuerpos en postes que dispuso alrededor de la ciudad. A los ciudadanos normales los consideró prisioneros de guerra.



    En cierto objeto, conocido como el Prisma de Senaquerib, se ha conservado una inscripción histórica en la cual éste hace mención del sometimiento de Judá y de su ataque a Jerusalén.

    La disputa que Senaquerib tuvo con su Rey, Ezequías, fue debida al hecho de que éste tenía prisionero a Padi, rey de la ciudad filistea de Ecrón, «que era leal por su solemne juramento al dios Assur».

    Senaquerib escribió:

    «Al igual que hice con Ezequías de Judá, que no se sometió a mi yugo, puse sitio a 46 de sus ciudades fortificadas y fuertes amurallados, así como a incontables poblaciones de los alrededores [...]. Al mismo Ezequías hice prisionero en Jerusalén, su residencia real. Como a un pájaro en una jaula lo rodeé de terraplenes [...]. Las ciudades que había saqueado las separé de su país y se las entregué a Mitini, Rey de Ashdod; Padi, Rey de Ecrón; y Silibel, Rey de Gaza. Reduciendo así su reino».

    El sitio de Jerusalén ofrece varios detalles significativos. No hubo un motivo directo, sino indirecto: que estuviera retenido allí contra su voluntad el leal Rey de Ecrón.

    El «sobrecogedor Fulgor, el Arma de Assur», que empleó para «aplastar las ciudades fortificadas» de Fenicia y Filistea, no se utilizó contra Jerusalén. Y el habitual final de las inscripciones —«Luché con ellos y les infligí la derrota»— no aparece en el caso de Jerusalén. Senaquerib se limitó a reducir el tamaño de Judea, entregando las regiones periféricas a los Reyes vecinos.

    Además, la habitual afirmación de que un país o una ciudad fueron atacados siguiendo las «órdenes dignas de crédito» del dios Assur, también están ausentes en el caso de Jerusalén. Y uno se pregunta si esto querrá decir que el ataque a la ciudad fue un ataque no autorizado, un capricho de Senaquerib, que no el deseo de un dios.

    Esta intrigante posibilidad se convierte en una convincente probabilidad cuando leemos la otra parte de la historia, la que nos llega a través del Antiguo Testamento.

    Mientras Senaquerib pasaba por alto su fracaso en conquistar Jerusalén, el relato que aparece en el Segundo Libro de Reyes (Capítulos 18 y 19), nos ofrece la historia al completo.

    Por la crónica bíblica nos enteramos de que «en el 14º año del Rey Ezequías, Senaquerib, Rey de Asiria, cayó sobre todas las ciudades amuralladas de Judá y las conquistó». Entonces, envió a dos de sus generales con un gran ejército hacia Jerusalén, la capital.

    Pero, en vez de asaltar la ciudad, el general asirio Rab-Shakeh entabló un intercambio verbal con los dirigentes de la ciudad, una conversación que insistió en mantener en hebreo, para que toda la población pudiera entenderles.

    ¿Qué es lo que tenía que decir que el populacho tuviera que saber? El texto bíblico lo deja claro: ¡Las conversaciones tenían que ver con la cuestión de si la invasión asiria de Judea estaba autorizada por el Señor Jehovah o no!

    «Y Rab-Shakeh les dijo: "Decidle a Ezequías: Así dice el Gran Rey, el Rey de Asiria: ¿Qué confianza es ésa en la que te fías? Si me decís: 'Nosotros confiamos en Yahveh, nuestro Dios' [...]. Entonces, ¿Es que he venido contra este lugar para destruirlo sin Jehovah? Jehovah me dijo: "¡Sube contra esa tierra y destruyela!"».

    Cuanto más rogaban los ministros del Rey Ezequías, de pie ante las murallas de la ciudad, que Rab-Shakeh dejara de decir esas falsedades en hebreo, y que las expresara en arameo, que por entonces era el idioma de la diplomacia, más se acercaba Rab-Shakeh a las murallas para gritar sus palabras en hebreo, con el fin de que todos pudieran oírlo.

    No tardó en emplear un lenguaje más duro con los emisarios de Ezequías, para acabar degradando al mismo Rey. Y al final, exaltado por su propia oratoria, Rab-Shakeh abandonó el reclamo de tener el permiso de Jehovah para atacar Jerusalén, y se puso a subestimar al mismísimo Dios.

    Cuando a Ezequías se le relató la blasfemia, «desgarró sus vestidos y se cubrió de sayal, y se fue a la Casa de Jehovah [...]. Y envió recado al Profeta Isaías, diciendo:

    «—Éste es un día de angustia, reprobación y blasfemia [...]. Que Jehovah, tu Señor, escuche todo lo que ha dicho Rab-Shakeh, al cual su señor, el Rey de Asiria, ha enviado para menospreciar al Dios Vivo.

    »Y el Señor Jehovah respondió a través del profeta Isaías:

    »—En lo relativo al Rey de Asiria [...] por donde vino, volverá. Y en esta ciudad no entrará [...] pues yo la defenderé para salvarla.

    »Y sucedió aquella noche, que el Ángel de Jehovah salió e hirió en el campamento de los asirios a 185.000 hombres. Y, he aquí, que al amanecer no había más que cadáveres. Y así, Senaquerib, el Rey de Asiria, partió, y regresando se quedó en Nínive».

    Según el Antiguo Testamento, después de que Senaquerib volviera a Nínive, «sucedió que, mientras estaba postrado en el templo de su dios, Nisrok, Adrammélek y Saréser, sus hijos, le mataron a espada, y escaparon al país de Ararat. Y Asaradón, su hijo, reinó en su lugar».

    Las crónicas asirias confirman el aserto bíblico. Ciertamente, Senaquerib fue asesinado, y su hijo pequeño Asaradón subió al trono después que él.



    En una inscripción de Asaradón conocida como el Prisma B, se describen los acontecimientos con mayor detalle. Por mandato de los Grandes Dioses, Senaquerib había proclamado públicamente a su hijo pequeño como sucesor:

    «Él convocó al pueblo de Asiria, jóvenes y viejos, e hizo que mis hermanos, los descendientes varones de mi padre, prestaran juramento solemne en presencia de los Dioses de Asiria [...] con el fin de asegurar mi sucesión».

    Más tarde, los hermanos romperían su juramento al matar a Senaquerib e intentar matar a Asaradón, pero los Dioses lo alejaron de ellos «y me llevaron a un lugar oculto [...] preservándome para la Realeza».

    Después de un período de confusión, Asaradón recibió «un mandato digno de crédito de los Dioses: "¡Ve, no te demores! ¡Marcharemos contigo!"».

    La deidad que fue delegada para acompañar a Asaradón fue Ishtar. Cuando las fuerzas de sus hermanos salieron de Nínive para repeler su ataque a la capital, «Ishtar, la Dama de la Batalla, que deseaba que fuera su Sumo Sacerdote, permaneció a mi lado. Ella rompió los arcos de ellos, y dispersó su orden de batalla».

    Una vez desorganizadas las tropas ninivitas, Ishtar se dirigió a ellos en nombre de Asaradón. Asaradón escribió:

    «Ante su egregia orden, se pasaron en masa a mi bando y se reagruparon detrás de mí, y me reconocieron como su Rey».

    Tanto Asaradón como su hijo y sucesor Assurbanipal intentaron invadir Egipto, y ambos emplearon Armas de Fulgor en las batallas. Assurbanipal escribió: «El aterrador Fulgor de Assur, cegó al Faraón de manera que se volvió loco».

    Otras inscripciones de Assurbanipal sugieren que su arma, que emitía un intenso y cegador resplandor, la llevaban los Dioses como parte de su tocado. En una ocasión, un enemigo «quedó ciego por el resplandor de la cabeza del dios». En otra, «Ishtar, que mora en Arbela, vestida con Fuego Divino y luciendo el Tocado Radiante, hizo llover llamas sobre Arabia».


    ASIRIA (SIGLO 7 AEC)

    Cuando Asiria alcanzó la supremacía, habiendo extendido sus dominios incluso hasta el Bajo Egipto, sus reyes, en palabras de Jehovah al Profeta Isaías, olvidaron que no eran más que un instrumento de Jehovah:

    «¡Oh Asiria, el azote de mi ira! Mi cólera es la vara en sus manos. Contra las naciones impías los envío, y les hago cargar sobre todo aquel pueblo que me enoja».

    Pero los Reyes Asirios iban más allá del mero castigo: «Más bien está en su corazón aniquilar y borrar no pocas naciones».

    Y esto iba más allá de lo que pretendía Jehovah. Por tanto, él anunció: «Pediré cuentas al Rey de Asiria. Pediré cuentas de los frutos de la creciente soberbia de su corazón».

    Las profecías bíblicas que predecían la caída de Asiría se hicieron realidad cuando los rebeldes babilonios del sur reunieron a los invasores del norte y del este para hacer caer Assur, la capital religiosa, en el 614 AEC, y Nínive, la capital real, que fue conquistada y saqueada dos años más tarde. Y la gran Asiria desapareció.

    Los Reyes vasallos de Egipto y Babilonia tomaron la desintegración del Imperio Asirio como una oportunidad para intentar restaurar sus propias hegemonías. Los países que había entre ellos se convirtieron, una vez más, en el ansiado premio, y los egipcios, bajo el Faraón Nekó, fueron más rápidos en la invasión de estos territorios.

    En Babilonia, Nabucodonosor II —tal como se informa en sus inscripciones— recibió la orden del Marduk para que marchara con su ejército hacia el Oeste. La expedición se hizo posible gracias a que «otro dios», el que tenía la soberanía original de la región, ya «no deseaba el país de los cedros», y ahora «un enemigo extranjero lo dominaba y lo esquilmaba».


    LOS ANUNCIOS DE JEREMÍAS (SIGLO 6 AEC)

    En Jerusalén, los mandatos del Señor Jehovah a través de su Profeta Jeremías estaban del lado de Babilonia, pues Jehovah —que llamaba a Nabucodonosor «mi siervo»— había decidido hacer del Rey babilónico el instrumento de Su ira contra los Dioses de Egipto:

    «Así dice Jehovah, Señor de los Ejércitos, el Dios de Israel: "He aquí que yo mando en busca de Nabucodonosor, mi siervo [...]. Y él herirá la tierra de Egipto, y dará muerte [...], y cautiverio [...], y espada [...]. Y prenderé fuego en la casa de los Dioses de Egipto, y él los incendiará [...]. Y romperá los obeliscos de Heliópolis, la que está en la tierra de Egipto. Y las casas de los Dioses de Egipto abrasará con fuego"».

    En el transcurso de esta campaña, el Jehovah anunció que también Jerusalén sería castigada por culpa de los pecados de su pueblo, por haberse dedicado al culto de la «Reina del Cielo» y de los Dioses de Egipto:

    «Mi ira y mi furia se derramarán sobre este lugar [...] y arderá y no se apagará [...]. Sobre la ciudad en la que mi nombre se ha pronunciado vendrá la perdición».

    Y así fue que en el año 586 AEC, «Nabuzaradán, capitán de la guardia del Rey de Babilonia, entró en Jerusalén. E incendió la Casa de Jehovah, y la Casa del Rey, y todas las casas de Jerusalén [...]. y el ejército de los caldeos echó abajo las murallas que rodeaban Jerusalén».

    Sin embargo, Jehovah prometió que esta desolación se prolongaría sólo durante 70 años.


    CIRO (SIGLO 6 AEC)

    El Rey que tuvo que cumplir esta promesa y permitir la reconstrucción del Templo de Jerusalén fue Ciro. Se cree que sus antepasados, que hablaban una lengua indoeuropea, habían emigrado hacia el sur desde la región del Mar Caspio hasta la provincia de Anzán, en la costa oriental del Golfo Pérsico.

    Allí, Hakham-Anish («Hombre Sabio»), el líder de los emigrantes, inició una dinastía a la que hemos dado en llamar Dinastía de los Aqueménidas. Sus descendientes —Ciro, Darío, Jerjes— hicieron historia como soberanos de lo que fue el Imperio Persa.

    Cuando Ciro ascendió al trono de Anzán en el 549 AEC, su país era una distante provincia de Elam y Media. En Babilonia, por entonces centro del poder, el trono estaba ocupado por Nabunaid, que se convirtió en Rey en circunstancias poco normales: no por la habitual elección del dios Marduk, sino como resultado de un peculiar pacto entre una Suma Sacerdotisa (la madre de Nabunaid) y el dios Sin.

    En una tablilla parcialmente dañada se recoge la acusación de la que acabaría siendo objeto Nabunaid: «Puso una estatua herética sobre una base [...] pronunció su nombre 'el dios Sin' [...]. En el momento oportuno de la Festividad de Año Nuevo, aconsejó que no hubiera celebraciones [...]. Confundió los ritos y trastocó las ordenanzas».

    Mientras Ciro estaba ocupado peleando contra los griegos de Asia Menor, Marduk, que quería recuperar su posición como dios nacional de Babilonia, «buscó y rebuscó por muchos países, intentando encontrar a un soberano justo y dispuesto a ser dirigido. Y pronunció el nombre de Ciro, Rey de Anzán, y dijo su nombre para que fuera el soberano de todas las tierras».

    Después de que las primeras acciones de Ciro demostraran ser acordes con los deseos del dios, Marduk «le ordenó que marchara contra su propia ciudad, Babilonia. Hizo que saliera al camino de Babilonia, yendo a su lado como un amigo de verdad».

    Así, literalmente acompañado por el dios, Ciro pudo tomar Babilonia sin derramamiento de sangre. El 20 de Marzo del 538 AEC, Ciro «sostuvo las manos de Bel [Señor] Marduk» en el recinto sagrado de Babilonia. El día de Año Nuevo, su hijo, Cambises, ofició la restaurada festividad en honor a Marduk.

    Ciro dejó a sus sucesores un imperio que abarcaba en uno solo a todos los primitivos imperios y reinos de la región. Sumer, Acad, Babilonia y Asiria en Mesopotamia; Elam y Media en el este; las tierras del norte; las tierras hititas y griegas en Asia Menor; Fenicia, Canaán y Filistea; todos se encontraban ahora bajo la soberanía de un Rey y de un dios supremo, Ahura-Mazda, Dios de la Verdad y la Luz.

    En la antigua Persia, se le representaba como a un dios barbado que cruzaba los cielos dentro de un Disco Alado, muy parecido al modo en que los asirios habían representado a su dios supremo, Assur.


    CAMBISES (SIGLO 6 AEC)

    Cuando murió Ciro, en el 529 AEC, la única tierra que seguía siendo independiente con sus Dioses independientes era Egipto. Cuatro años después, su hijo y sucesor, Cambises, llevó a sus tropas a lo largo de la costa mediterránea de la Península del Sinaí y derrotó a los egipcios en Pelusium. Pocos meses después entraba en Menfis, la capital real de Egipto, y se proclamaba Faraón.

    A pesar de su victoria, Cambises se cuidó mucho de emplear en las inscripciones egipcias la habitual fórmula de apertura: «el Gran Dios, Ahura-Mazda, me eligió». Reconocía así que Egipto no entraba dentro de los dominios de su dios.

    Como deferencia a los dioses independientes de Egipto, Cambises se postró ante sus estatuas, aceptando su dominio. A cambio, los sacerdotes egipcios legitimizaron su soberanía sobre Egipto, concediéndole el título de «Descendiente de Ra».

    El mundo antiguo se hallaba ahora unido bajo un único rey, elegido por el «Gran Dios de la Verdad y la Luz» y aceptado por los dioses de Egipto. Ni dioses ni hombres tendrían ahora motivos para guerrear entre sí. ¡Paz en la Tierra!


    LOS GRIEGOS (SIGLOS 5-4 AEC)

    Pero la paz fracasó al final. Al otro lado del Mediterráneo, los griegos iban creciendo en riquezas, poder y ambición, y cada vez se daban más conflictos, tanto locales como internacionales, en Asia Menor, el Mar Egeo y el Mediterráneo oriental.

    En el 490 AEC, Dario I intentó invadir Grecia y fue derrotado en Maratón. Nueve años después, Jerjes I fue derrotado en Salamina. Siglo y medio más tarde, Alejandro de Macedonia cruzaba desde Europa para lanzar una campaña de conquista que vería correr la sangre de hombres de todas las tierras de la antigüedad hasta la India.

    ¿Acaso llevaba a cabo un «mandato digno de crédito» de los Dioses? Nada de eso. Creyendo una leyenda según la cual su padre había sido Amón-Ra, Alejandro conquistó Egipto para escuchar el Oráculo del dios que le confirmara sus orígenes semidivinos.

    Pero el Oráculo también le predijo su temprana muerte, y los viajes y conquistas de Alejandro vinieron motivados, a partir de este momento, por su búsqueda de las Aguas de la Vida, de las cuales anhelaba beber para eludir su destino.

    A pesar de tanta carnicería, murió joven y en la flor de la vida. Y, desde entonces —aparentemente—, las Guerras de los Hombres han sido sólo las guerras de los hombres...


    FUENTES PRINCIPALES:
  • «La Guerra de los Dioses y los Hombres» (Zecharia Sitchin).
  • «El Código Cósmico» (Zecharia Sitchin).